El sociólogo y analista político, Ricardo Rouvier, profundiza en este artículo las relaciones entre la ex Presidente, Cristina Fernández de Kirchner, La Cámpora y el Peronismo. Reorganización del partido y tensiones que pueden derivar en su consolidación o en el divorcio de un matrimonio que funcionó, con fricciones, durante doce años.

 

Hemos dicho en otras oportunidades, y volvemos a hacerlo ahora, de un análisis que considera que el peronismo (nos referimos al PJ) y el kirchnerismo no son idénticos. Este último constituye la etapa más reciente de la historia del peronismo, un momento de la argentina contemporánea en que confluyeron condiciones internacionales y nacionales, y mucho de lo impensado que la historia esconde y con lo cual nos sorprende. Y debemos situarlo en la crisis post-devaluación asimétrica del 2001/02, que se engancha en la recuperación de los últimos meses del gobierno de crisis de Duhalde con la concurrencia significativa, entonces, del ministro de economía Roberto Lavagna.  

Si bien, ambas entidades – peronismo y kirchnerismo - están unificadas en el FpV, cumplen una función excluyente de herramienta electoral. Con el kirchnerismo se ha producido un desplazamiento hacia centro izquierda de la dinámica pendular del peronismo. Esta particularidad se inscribe en una generalidad masiva que denominamos peronismo y que se nutre de un mito de origen común y de algunos valores vinculados a la justicia social y a la equidad, al no encolumnamiento internacional y al compromiso con un destino regional emancipatorio. 

Podemos identificar esta unión como un matrimonio, que ha logrado una significativa eficacia político-electoral desde el 2003 al 2015. Si bien tuvo tropiezos como en las elecciones del 2009 y del 2013 que superan el análisis de esta nota, pero que son significativos para observar los flujos consensuales que durante el período caracterizó al kirchnerismo. Esto de las idas y vueltas de la ciudadanía, que es como el ideal de la democracia burguesa, es un verdadero problema para experiencias políticas revolucionarias o reformistas y que requieren una base de apoyo perdurable y más socialmente disciplinada. 

No puede negarse que el kirchnerismo surge manifestando su procedencia peronista y su identificación con el gran movimiento nacional y popular nacido en la posguerra. 

Tanto Néstor como Cristina fueron dirigentes nacidos y crecidos en el peronismo, y no puede negarse que sus gobiernos tuvieron,  a pesar de sus idas y vueltas, su origen en el peronismo. Aunque una mirada más sutil, puede considerar diferencias en el matrimonio en cuanto a los estilos de conducción, maneras y rasgos que establecían alguna distinción entre ellos. No puede dudarse que la fortaleza electoral del peronismo es la base cuantitativa sobre la cual se apoyó el kirchnerismo. Juntos lograron gobernar todo el tiempo, pero con la conducción de Néstor y Cristina, que se diferenciaba de un peronismo tradicional esclerosado. 

La afirmación del kirchnerismo como tendencia, coincidió con un cambio en orientación progresista y nacionalista regional y con las condiciones objetivas que marcaron la posibilidad de que el nuevo gobierno aprovechara las debilidades que provenían de la derrotada dictadura militar, y de la profunda crisis política que evoluciona luego del final del sueño de síntesis que preconizaba Alfonsín; del desastre privatizador de Menem y del dramático tropiezo del gobierno de De la Rúa.

El kirchnerismo emergió como una “anomalía” porque nadie podía anticiparlo cuando en el 2003 era una alternativa electoral de los tres neolemas que presentó el peronismo. Hoy, pasado el tiempo, sin duda que la derrota /victoria de Kirchner con el 22% de los votos en aquella elección fue la mejor respuesta posible de la historia nacional ante el escenario internacional, regional y nacional. Esto señaló el comienzo del matrimonio que fue avanzando sobre el panperonismo. Los que quedaron afuera del acuerdo tácito se refugiaron en las provincias como caudillos locales (De la Sota, Rodríguez Saá, Romero y otros). Hoy, con el resultado electoral en la mano, este peronismo de las orillas trata de crecer y organizarse, para anular la continuidad de la entente. 

Las diferencias existentes en el matrimonio desde su consagración son importantes, como importantes fueron las articulaciones de ambos para sostener el poder del gobierno durante 12 años. Hubo amor e interés por ambas partes, y como varios matrimonios hacen, disimularon las discrepancias durante mucho tiempo. Hubo hipocresía, pero la política no podría sobrevivir sin cierta dosis de simulación. Por el contrario, el estilo crudo y duro de dirección de CFK estimuló la partida de muchos dirigentes peronistas que podrían estar de este lado de la vereda y no de la de enfrente; o ese mismo estilo no organizó suficientemente a los propios, tal vez, para no debilitar el verticalismo. Porque organizar es delegar y comunicar.

A veces las diferencias anunciaban la inminencia de un estallido que no se produjo en los doce años. Pero, el hecho de que no estallara no significa que en su relación, el matrimonio no hiciera síntomas. Hay muchos ejemplos que testimonian la relación crítica entre ambos. Un excelente ejemplo es el caso de Scioli como candidato presidencial. Una vez que fue confirmado como candidato, se convirtió en blanco del kirchnerismo (sobre todo del que está más a la izquierda) “descubriendo” que el ex gobernador era una especie de espía del enemigo o de traidor antes de tiempo. La entonces Presidenta, fiel a sí misma nunca lo defendió ante los más cercanos. 

A través de esta candidatura es que se mostraba, sin quererlo, los vicios del vínculo. También ocurrió en el caso de Sabbatella, en la otra punta ideológica, otra expresión significativa de un matrimonio con problemas. El candidato a vicegobernador estuvo prácticamente ausente de la campaña, ante la oposición de muchos intendentes peronistas que no aceptan al ex titular del Afsca, desde el origen mismo de su inclusión dentro del kirchnerismo. Inicialmente Sabatella se acercó críticamente al espacio político desde posiciones que se ubican más a la izquierda del movimiento creado por Néstor y Cristina, y que rechazaba la construcción política territorial del peronismo bonaerense. La ilegalidad de su partida del Afsca, contó con el apoyo de los sectores más activos del kirchnerismo, pero con la ausencia y el silencio de muchos gobernadores, intendentes y legisladores peronistas. 

También hay que señalar, como distinción significativa, la composición social, cultural e histórica entre ambas. Mientras el peronismo tiene su mayor anclaje entre los mayores de edad, el kichnerismo, en cambio, expresa un corte generacional que se muestra en un rango etáreo menor. En lo sociológico, el peronismo, si bien es transversal, posee su eje principal y eso le da sentido a su identidad política es la clase trabajadora. Sobre todo fundado en la nueva clase obrera surgida del proceso de sustitución de importaciones que se inaugura alrededor de 1935. El corazón del kirchnerismo es joven y de clase media. Es más progresista que peronista, es más de izquierda que peronista. Hunde sus raíces en los ´70, con una lectura acotada del peronismo de entonces, y claramente volcado al peronismo revolucionario o a la Tendencia. Tiene la energía y activismo de una militancia juvenil, pero como negativo posee los vicios de pequeños burgueses propios de la clase media que se observa a sí misma como “revolucionaria”. Y se ve a sí misma como la intérprete infalible de lo que quiere el pueblo. Tiene siempre la dificultad de adecuar su expresividad con la real-politik y confunde muchas veces la militancia con el gobierno, con el manejo del Estado. Pero, es la entidad más dinámica del matrimonio, y asegura presencia y presión sobre el establishment. Ya en los ´70 la llegada de la juventud al peronismo, mostraba un desplazamiento a favor de los sectores medios juveniles; la dedicación a la abstracción del sujeto de la historia, y el distanciamiento con los sectores populares que se quedaron con Perón hasta el final.  El dilema había sido planteado y los sectores más contestatarios no podían zafar del callejón que habían ayudado a construir, frente a una derecha que se preparaba para la ofensiva final con la peor dictadura militar de la historia. Es bueno recordar esto, porque si bien los tiempos han cambiado mucho (la derecha no necesita de una dictadura), el ajedrez de la política no tiene infinitas jugadas, sino algunas o varias que uno repite.

 

En estos doce años, el kirchnerismo fue la dirección política e intelectual del peronismo. Fue la locomotora que marcó una avanzada importante en derechos humanos, ampliación de derechos y renovación cultural. El peronismo ocupó el primer vagón y constituyeron una formación imparable. 

El peronismo, por sí mismo, no hubiera logrado todos esos cambios. Es más, muchos gobernadores e intendentes aún hoy no han comprendido el verdadero y profundo valor social y cultural del matrimonio igualitario o el femicidio. Es paradójico, pero el kirchnerismo que tan incómodo se siente con el corset del régimen político, económico y social de raíz liberal, ha modernizado durante su gestión la República Burguesa, a pesar de los encontronazos que el populismo tiene en varios países con el sistema político y el orden constitucional. 

Una vez asegurada la gobernabilidad, el kirchnerismo se convierte en vanguardia del peronismo; sin haber vivido, la mayoría de sus miembros, la historia del peronismo; y efectúa una proyección sobre la base de un relato emancipatorio sin contradicciones; que se le adjudican al peronismo.  

Para esto, es necesaria una operación de extracción, de ajuste del discurso, de elaboración de un relato. Bautizar a una organización como La Cámpora, es una toma de posición setentista respecto a quién fue delegado y candidato de su mentor, Juan D. Perón. Mentor también de su expulsión. Pero, este desenlace queda excluido y la historia purificada. 

La dedicación exclusiva que hace CFK sobre esta superestructura, lo hace, sustituyéndolo por la columna vertebral que era en el peronismo histórico: la clase trabajadora organizada. Y es sobre la organización juvenil que la presidenta monopoliza la conducción, dejando de lado actores principales para la reconstrucción del movimiento nacional; empezando por un desplazamiento del trasvasamiento que se ha efectuado parcialmente. Veremos como sigue la historia de este matrimonio para observar si las ruedas que empezaron a girar sigan girando. 

Pensamos, o sospechamos, que CFK puede efectuar algún cambio de estrategia, considerando la nueva situación que ubica al kirchnerismo en derrota en el llano. La ausencia de gobierno es una limitación, pero es una oportunidad para elaborar otros caminos diferentes a los que se usaron. 

Objetivamente, hoy no proliferan los movimientos nacionales en el mundo emergente. Hay distintas experiencias antihegemónicas en el mundo (algunas aberrantes como el ISIS), provenientes de gobiernos progresistas o populistas; o movimientos sociales en proceso de lucha dentro de la democracia formal. Una cuestión central hoy en el debate de las izquierdas democráticas y en los populismos es la construcción de transformaciones o reformas profundas dentro del régimen democrático-liberal. 

Si en la lista de países progresistas ponemos a Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y Nicaragua; también debemos dejar constancia que hay otros con más dudas que certezas porque expresan o un reformismo muy lavado, o directamente una política económica como la brasilera, que ya con Lula como presidente se había ubicado a la derecha de la Argentina. Y hoy, nuestro principal socio comercial, está navegando por las recetas neoliberales. 

Los cambios mundiales ratifican las hegemonías y la ausencia de alternativas globales; puede decirse que es impensada hoy la posibilidad de la constitución de un movimiento nacional y popular como lo fue el peronismo. Pero, esto no obsta, para intentar experiencias reformistas y de construcción de un poder distinto al de la derecha. 

Cuando no se tiene el gobierno, el camino es la construcción ordenada y organizada de un movimiento político priorizando la transversalidad social y política. La idea de conjunto debe superar a la idea de sectorialidad. Ya lo dijimos hace mucho: el kirchnerismo debe ir por el no kichnerismo. Para eso hay que abandonar posiciones dogmáticas, sectarias. Porque más allá de posiciones ideológicas, se necesitan construir mayorías electorales para poder competir dentro del régimen dominante. Esa es la lucha democrática, la única vía que tienen hoy en occidente los pueblos para progresar.

Las posibilidades políticas reales y no ideales, abandonando todo voluntarismo, es que la factibilidad de recuperar el gobierno y la continuidad y profundidad de un proyecto reformista requiere necesariamente revalidar el matrimonio entre el kirchnerismo y el peronismo. El kirchnerismo es hoy un grupo homogéneo de clase media, activo y con una conducción única.  

¿Y cuál es la posición del peronismo? Bueno, lo primero que debemos decir es que no podemos englobar al peronismo institucional como único.  Pero sí que la gran mayoría del peronismo, puertas adentro, tiene una opinión crítica luego de las elecciones sobre la estrategia electoral, y que focalizan en CFK los desaciertos. Su falta de apoyo a Scioli, su exceso protagonismo comunicacional y el error estratégico de la provincia de Buenos Aires. 

La situación más peligrosa es que CFK con algunas organizaciones afines, intente ejercer o renovar un dominio sobre el conjunto solo con la capacidad de convocatoria de la militancia; más su propia popularidad. Esto conlleva a convertir al kirchnerismo como un grupúsculo de fuerte cohesión interna. 

En el peronismo hay diversos posicionamientos respecto al futuro del vínculo. Hay un sector que ha participado en el interior del gobierno durante estos doce años; y que hoy está en una suerte de interpelación al kirchnerismo compartiendo escenario con otros dirigentes peronistas que se han ido o nunca fueron conducidos por el kirchnerismo. Massa y De la Sota se destacan del resto en esta postura de abordar al peronismo desde afuera. Este grupo intenta constituir un peronismo de oposición democrática, que abandone todo gesto de intemperancia ante el adversario. El peligro que encierra este proyecto es constituir un neoperonismo espejo del macrismo. 

La situación del peronismo bonaerense es un buen ejemplo de lo que decimos. Hubo un ejercicio de poder de La Cámpora al no aprobar el Presupuesto local, y luego hubo una reacción, de algunos intendentes peronistas que están atados administrativamente a ese Presupuesto. Allí, se ha constituido una fractura, que veremos como evoluciona. 

La cuestión central es la posición ante CFK, o sea respecto a la conducción del kirchnerismo. Pero hay otros sectores peronistas que involucra gobernadores, sindicalistas, intendentes que tienen una actitud expectante. Es verdad que esperan cambios en el kirchnerismo, pero también es cierto que no constituyen en sí una fuerza política suficiente con algún liderazgo que pueda ofrecer competencia a CFK. Estamos en una transición que desembocará en una confirmación del liderazgo de Cristina o en su objeción y opciones. 

Ya sabemos del olfato y la experiencia que tiene el peronismo sobre el poder, por lo tanto la mayoría del peronismo no va a reemplazar a la ex Presidenta si no cuenta con una garantía de liderazgo de otro dirigente. Massa quiere ocupar ese lugar, pero por ahora no lo ha logrado. Va a hacer pesar su capacidad de daño frente a una compulsa electoral. Las próximas elecciones son legislativas y la amenaza es una fragmentación del voto peronista que favorezca un mayor dominio legislativo de Cambiemos. 

Es indudable que el matrimonio está ante el dilema, o renovar sus votos o enfrentar un divorcio. Cualquier ruptura en los vínculos puede determinar el debilitamiento de la capacidad competitiva ante las elecciones sería, lógicamente, un alivio para la fuerza política gobernante; y un alejamiento de lo que fue el proyecto original de Néstor Kirchner.

 

 

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